-La ley del más pobre se aplica por necesidad
y no por obligación. Con decirte que mi vieja nos hacía sacar las medias cuando
volvíamos del colegio para que no se
gastaran. Pero lo mío no fue pobreza honrada. Dentro de lo que es inocencia
infantil, yo fui un hijo de puta.
-La maestra pidió calculadora,
simple, de cancha, y al no poder comprarla saqué la conclusión de que Las
calculadoras Casio Científicas no se compran, se afanan. Pero no era una
pobreza simple, nosotros éramos pobres… pero con alevosía. Fijate que teníamos
que escuchar a las amigas de mi vieja decir que el frío las hizo engripar, que
los colchones que tienen no son anatómicos y les da dolores de espalda, que
aumentó el precio de la comida del gato. Nosotros nos comíamos al gato,
dormíamos sobre las tablas de la cama dibujando cuando nos levantábamos un
pentagrama en la espalda. Vos no tenés un mango pero te abrigás con una campera
John L. Cook. Yo me abrigo con trapo que pude arrancarle de los dientes al
perro.
- Igual, los dolores de espalda se claman cuando uno siente hambre. Y no
el hambre de Hoy No Almorcé. Hambre de mirar el almanaque y preguntarle a mamá:
“Ma, el domingo ¿Podemos comer algo? Mi vieja… mi vieja no nos dejaba jugar a
la comidita por no alimentarnos la esperanza.
-Y el perro se
llevó la peor parte. Un día lo atropelló un auto y quedó medio roto, necesitaba
un veterinario, pero mi viejo no tenía plata para pagarlo, y no sabíamos cómo
hacer para curar al perro. Un día el perro desapareció, y yo creí, con todo mi
pesar, que fue como los gatos, que se van para morirse lejos, no sé si se
pierden o les da vergüenza. Después de una semana, el perro aparece caminando,
contento y todo vendado. ¡No lo podíamos creer! Como mi viejo no lo llevó tuvo
que ir solo el pobre perro.
- Mi viejo nos
decía que Trapito se murió porque querían convertirlo en Galgo, pero que no
aguantó el tratamiento. No sabés cómo lo lloré a ese perro, encima de la
parrilla, más el hambre y el dolor de espalda no me podía levantar.
-Sin perro y sin nada para hacer, había que inventarse los juguetes.
Nunca fui de matar pajaritos porque una vez apunté, fallé, mi vieja me vio la
intención y me recagó a patadas en el orto y me dijo que eso no se hace, que si
no me lo voy a comer, eso no se hace.
- Pero para hacer una gomera faltaban materiales. La horqueta, una rama
de cualquier árbol. Y la manguerita de goma no la podíamos comprar. Con mi
vieja fuimos al hospital a que me hagan una nebulización. Mi vieja me decía
“Ahora vengo, quédate acá”. Y me quedaba solo. Arrancaba la manguera y me la
llevaba saltando por la ventana a encontrarme con mi vieja en la esquina del
hospital. Cuando llegaba mi vieja ya me estaba esperando, con una silla de
ruedas en cada mano. “Má, ¿qué estás haciendo?” “Bueno, che. Yo no tengo
muebles de jardín.”
- Mi vieja. Mi vieja fue la hermana mayor que me guiaba en un camino
lleno de picardías. Me mandaba sin plata a comprar un pollo trozado y me
guiñaba el ojo. Un pollo entero eran cuatro palomas. Ahí sí tenía autorización
para usar la gomera.
-Me mandaba a cortarme el pelo como último recurso para no parecer un
mono.
-“Tenés
el pelo muy largo, andá a lo de Mamani”, me decía mi vieja. Y yo iba. Yo le
decía “El Coiffeur Internacional”, pero era peluquero y boliviano, el mejor
peluquero raso que conocíamos, porque cortaba todo al ras. Siempre habían más
clientes esperando antes que yo, pero eran todos chicos: Kaniches, Cocker,
perros de compañía. Y me tocaba a mí. Me hacía llevar mi propio peine, porque
el peluquero no quería que le llenara de pulgas el suyo. “¿Cómo te vas a
cortar?”, preguntaba Mamami. “Económico”, decía yo. Agarraba un pelapapas… y
empezaba de adelante hacia atrás muy muy rápido, y cuando terminaba tenía que
volver cagando a casa antes de desangrarme. Imaginate lo que era para mi
hermana la depilación. ¡Una matanza!
-Un día me harté de ser pobre, y quise que dejara de importarme. Mi
viejo era albañil, y me decía que la pobreza te enseña, pero que la estupidez
te hace hacer cualquier cosa. Y eso hice. Hice cualquier cosa. Nunca me metí en
el afano ni en las drogas, pero era un pendejo que se la pasaba en la calle con
los amigos, haciendo changuitas como cortar el pasto a algún vecino, limpiar
una que otra canaleta, descargar uno que otro camión, ayudábamos a los soderos
o los que traían bebidas para el almacén a descargar la mercadería y cobrábamos
una cerveza. Don Carlos, el dueño de la fábrica textil, que por cierto
facturaba mucha plata, nos llamó porque quería que le ayudemos a poner chapas
nuevas al techo del depósito. Y nosotros fuimos, total, estábamos al pedo.
Desde ahí arriba se veía todo, y por diez pesos cada uno nos sentíamos adultos
trabajando por buena plata. Y vi a mi viejo desde allá arriba que estaba
haciendo el pozo ciego de mi casa, y le pegué un grito para saludarlo. Venía
con la carretilla cargada cuando le grité y me miró, y la rueda se le trabó con
una raíz que salía del piso y se llevó por delante la carretilla. Mis amigos se
ríeron… Me dio tanta vergüenza… Me dio vergüenza ver a mi viejo trabajar solo y
yo, forro hijo de una gran puta, haciéndole favores a una persona tan poderosa
como miserable. Me bajé de ese techo y fui corriendo a ayudarlo. Le levanté la
carretilla y vi que estaba cansado. Me dijo: “Gracias hijo por ayudarme”. Y yo
le dije: “Gracias por qué? Si la pobreza me enseña, y hoy aprendí que es muy
valioso ser humilde… Y YO SOY EL MÁS HUMILDE DEL MUNDO!
Cuiden
a papá, cuiden a mamá, no sean malos, y hasta la próxima.
